Este año no fue Tchaikovsky y su Sinfonía Nº 6, “Patética”, la compañera de mi penar, yo que en Semana Santa recuerdo la angustia de Jesús en el Huerto de Getsemaní, cuando su hilacha humana se manifestó en el ruego al Padre Celestial, pidiendo alivio del cáliz amargo del desamparo y negación de la triste noche, y su tortura y muerte del día siguiente. Fue la Sinfonía Nº 3, “Eroica”, de Beethoven y no cavilé sobre la partitura tachada por mano propia de su inicial dedicatoria a Napoleón, desilusión para el insigne sordo que el poder hubiera corrompido y vomitado un emperador de quien fuera un demócrata opuesto a los absolutismos. Vaya tema de actualidad hoy, como hace siglos.
Había leído de la muerte en la guerra civil de Libia de un fotógrafo galardonado. Ni recuerdo su nombre, pero me condolía del locutor de la emisora altiplánica, a quien la montonera aleccionada sacó de su cubículo radial y le asesinó a palos solo por contar noticias que incomodaban a los corruptos. Seguía tras las rejas en Venezuela el prisionero de Chávez, Alejandro Peña Esclusa, escritor, conferencista y columnista. Si en Bolivia todo se imita del autócrata bolivariano, ¿se dará versión nuestra de tal atropello? Entonces me atenazó la angustia de la muerte de un periodista, David Niño de Guzmán, quizá aporreado hasta la inconsciencia y luego reventado con dinamitazo en el vientre.
Penoso este quehacer de contar noticias, donde los periodistas corren el peligro de los desmanes del terrorismo estatal, en regímenes que ruedan de la democracia representativa a la secante autocracia. Donde el populista discurso de plazuela alecciona a la turba, ignorante o fanatizada, a excesos criminales, cuando se pisan los callos de megalómanos intocables.
Miren ustedes el discurso vicepresidencial del otro día, que escuché en versión radial. Evocó la retórica discursiva de un cabo austriaco de la Primera Guerra Mundial, que después se convirtió en imán enfervorizador de miles con sus repetitivos estribillos a favor de falacias como la raza superior y en contra de los judíos. Costó al mundo más de media centena de millones de muertos en la secuela de lo que en 1914 se suponía era “la guerra para acabar con todas las guerras”.
La derecha, despotricaba, les quitará sus parcelas, como si la reforma de la tenencia de la tierra de 1953 no hubiese deshecho el atropello del tarateño del siglo 19, que despojó las tierras comunales. La derecha, espumeaba, les confinará al campo, como si fijar a las gentes a sus comunidades no hubiese sido práctica de los Incas, luego innovada por el Virrey Toledo con acentos medievales que legaron el variopinto atuendo de nuestros indígenas. ¿Sabrá el Vicepresidente que la movilidad horizontal por los confines del país, es un logro incuestionable del destape de la olla podrida que fueron las reformas de 1952?
Ante tal demonización, ¿qué es la derecha, sino un pajuerano que por pasear en la campiña se arriesga al linchamiento comunitario, o tropieza con factoría de cocaína vigilada por “wachimán” armado? ¿Qué es la derecha, sino cualquier ciudadano que sin tener un metro cuadrado de tierra, o cuenta bancaria en el exterior, camino a la pega la turbamulta veja cortándole la corbata? No es ninguna novedad que el poder corrompe. Tampoco ese común resbalar de los populistas, de la democracia representativa que les ungió, al autoritarismo prorroguista que ambicionan sus desvaríos mesiánicos.
Y menos ese darle guasca a la nalga pelada del periodismo. ¿Acaso el Presidente, quizá ahora residenciado en el país sin poder viajar, no proclama a la prensa nacional como su enemigo principal? Si la libertad de expresión acoplada a la revolución de las comunicaciones son enemigos de las autocracias, y ambos se plasman en personas que informan u opinan en los medios de comunicación, ¿no es lógico desprender primero la incertidumbre, luego la sospecha, cuando no la sindicación, cuando se da un crimen horrendo como el que se ha cometido contra David Niño de Guzmán?
También agobiaba la memoria de uno que hace real aquello de que los amigos son los hermanos que se escogen. Algo tuvo que ver que la versión tan espléndida de la “Eroica” ejecutada por la Filarmónica de Berlín dirigida por Herbert Von Karajan, era un regalo de mi amigo Max Rocha Segovia, en su notable forma de agradar desde la minusvalía diabética que lo prostraba. El viernes habíamos ido a visitarle en una clínica, solo para encontrar a sus sobrinos en la antesala y enterarnos que había muerto. El sábado fuimos a una misa de cuerpo presente, quizá contrariando la voluntad del moribundo de que su cuerpo fuese reducido a cenizas a ser esparcidas en el río Guadalquivir de su Tarija natal. A mis años me sofocan las lágrimas más a menudo de lo que desearía y me quedé con una oración fúnebre sin decir. Una que sin emular a Homero en aquella de Aquiles sobre el cadáver de su amigo Patroclo, hubiese recordado la fibra de un hombre de una bonhomía sin par, a pesar de congojas de una salud siempre quebrantada que le tocó soportar estoicamente en vida.
Ah, pero al horror de la muerte en Viernes Santo sigue la luz del Domingo de Resurrección. Fluye, incesante, el río de la vida. Lección de equidad eran los niños compartiendo huevos pascuales que hallaron en el jardín. El lunes se bautizó a un jovial bebé. Y la pesadez de una hija en la recta final de su embarazo augura un desenlace feliz: el nacimiento de nuestro primer nieto.
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