Norah Soruco de SalvatierraCómo siempre y hasta cuándo

2013-03-06 - 00:07:47
Como siempre, ha tenido que ser una tragedia la que nos sensibilice sobre un problema harto conocido, la violencia contra la mujer, con el que convivimos día a día, como lo reflejan estadísticas que registran no cientos sino miles de denuncias originadas en la violencia intrafamiliar o del entorno inmediato de las víctimas.
En efecto, el asesinato de la periodista de PAT Hanalí Huaycho, como hacen unos años la violación y asesinato de la niña Patricia Flores en una escuela de la ciudad de La Paz, han convulsionado nuestra rutina desatando una ola de protestas que ojalá rinda frutos, pues en nuestro país las autoridades acostumbran “aguantar el chaparrón” hasta que otra noticia gane los titulares para que tan luctuosos sucesos se archiven en el olvido, sin sancionar a nadie.
Al respecto, destacamos dos elementos que a nuestro criterio deben ser considerados por autoridades y legisladores, que según las declaraciones públicas actuarán de inmediato en la toma de medidas ejemplares.
El primero, la frecuencia de victimarios, que corresponden a miembros de las fuerzas armadas y la policía, corroborada por la represión contra manifestantes que reclamaban justicia por el asesinato de la periodista Huaycho, llevándonos a pensar en la importancia que puede tener la “formación/deformación” que se imparte en esas instituciones determinante de su escala de valores, lo cual debe ser objeto de interés central del Estado, tanto en las acciones de reconceptualización y corrección inmediatas de los nuevos elementos, cuanto en la incorporación de sanciones disciplinarias drásticas para los que ya están.
El segundo, profundamente arraigado en la cultura de nuestro pueblo, es el antivalor del exceso en el consumo de bebidas alcohólicas con todo motivo, causa original de la exacerbación de la violencia y de otras irresponsabilidades como la conducción peligrosa que tantas vidas cuesta a los hogares bolivianos sumiéndolos en el dolor y la orfandad y que es tolerado en flagrante complicidad colectiva.
Ojalá que quienes se autodenominan líderes populares, sean capaces de transmitir en sus mensajes la condena franca y directa de estas conductas nocivas, por sobre sus propias costumbres, intereses o compromisos, sabiendo que podrán influir en sus seguidores como lo logran en otros ámbitos. Que la muerte de Patricia y Hanalí marquen un antes y un después para bien de nuestra sociedad en su conjunto.
* Ciudadana en ejercicio