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Dante N. Pino Archondo

Evo el renegado


2013-07-28 - 18:44:52

Nada mejor para medir el alcance y profundidad que adquiere una revolución en su desarrollo que sus resultados. En estos días podemos comparar a dos procesos que se iniciaron hace más de cincuenta años atrás, la revolución de abril de 1952 liderada por el MNR y la cubana liderada por Fidel Castro en 1959.

La revolución de abril ha caminado, a veces iluminando los horizontes y en otras ensombreciéndolos. Uno de los objetivos fundamentales que esta revolución se planteó fue el voto universal, reconocer la plena ciudadanía a todos los bolivianos sin excepción y con ello el derecho a votar, a elegir y ser elegidos. Este planteamiento, quizás el menos reconocido entre los tres que definieron el carácter de esta revolución (reforma agraria y nacionalización de la minería) fue en realidad una semilla sembrada en el campo y regada con su sangre.

A lo largo de estos años entre botas dictatoriales y corbatas señoriales el voto universal fue el hito democrático que fue evolucionando, instrumentalizado siempre, por unos u otros, pero respetado y a nadie se le ocurrió desconocerlo. El derecho a elegir y ser elegido ha ido creando una conciencia popular, que se fortaleció a partir del año 1982 cuando se recuperó la democracia y cuando el Dr. Siles Suazo prefirió el recorte de su mandato al quiebre del proceso democrático.

A partir de entonces el respeto por los períodos constitucionales ha sido la constante, hasta no hace poco. Las sucesiones que se fueron produciendo entre idas y venidas electorales en cada nuevo período produjo la concurrencia de lo popular con más intensidad y presencia. Baste decir que sin este hecho, los sindicatos y los movimientos populares no hubieran podido recuperarse de la derrota sindical de 1986. Para el sindicalismo boliviano, los períodos democráticos siempre han sido el mejor campo de acción para su desarrollo y progreso mientras que los períodos dictatoriales tendían a fortalecerlo reclamando su unidad.

Los pactos democráticos desde 1985 hasta el año 2002 entre otras cosas, tuvieron el efecto de robustecer la resistencia obrera y campesina ante un modelo democrático en lo social pero excluyente en lo económico. Y la debilidad institucional sumada a la crisis mundial durante ese período facilitó la conformación de organizaciones populares con capacidad de respuesta política.

No es mi intención hacer un análisis de este proceso, sino señalar que el resultado de la aplicación de voto universal por la revolución de abril de 1952 coronó su objetivo el año 2005 al reconocer a un ciudadano de origen indígena y extracción campesina como Presidente Constitucional.

Lo lógico sería que este Presidente reconociera y se reconociera como el fruto de esa revolución hecha por bolivianos y para los bolivianos. Lamentablemente no es así. Lejos de ello, reniega del proceso histórico que lo llevó a la Presidencia, desconoce su origen y prefiere adscribirse a otro proceso revolucionario ajeno, como es el cubano.

Evo Morales en este sentido es un renegado. Reconoce a Fidel Castro mucho más que a los precursores y operadores de la revolución del 52 y por ello abjura del origen histórico que lo hizo posible.

Comparando lo descrito con lo que sucedió en Cuba, las muestras son totalmente distintas. El resultado de la revolución cubana no fue el desarrollo de la conciencia democrática de su pueblo, sino la proscripción de sus libertades y el sometimiento a la voluntad dictatorial de un partido y sus dirigentes, en nombre de la misma libertad y dignidad. En Cuba la democracia y el Estado de Derecho se eliminaron, y en estos sesenta años no tienen líderes populares ni renovación porque no quisieron sembrar la semilla del derecho a elegir y ser elegidos.
Usaron las elecciones para perpetuarse en el uso del Poder y de esta manera castraron la renovación social y política tan necesaria para que una revolución sea eso.

Después de sesenta años la revolución boliviana tiene a un indio como Presidente, en este mismo tiempo la revolución cubana sigue con los mismos protagonistas enquistados en el gobierno y miedosos de perderlo.

Obras son amores y no buenas razones, dicen.

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