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Marcelo Ostria Trigo

¿Pensar diferente nos hace enemigos?


2017-03-01 - 10:47:51
La respuesta a la pregunta del encabezamiento de esta nota debería ser: no, no necesariamente. Pero lo cierto es que ahora predomina el fanatismo que lleva a la enemistad y al enfrentamiento. Esta constante de intolerancia, que generalmente predomina en las autocracias populistas y el absolutismo, se advierte cuando se discute distintas ideas que se ven constructivas, por un lado, y, por el otro, perjudiciales al interés general o de un determinado grupo. No es que nadie haya reivindicado el respeto por la opinión ajena discordante; ya en el siglo XVIII el pensador francés Voltaire, exponente de la Ilustración, dijo: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”, lo que ahora es, para los autócratas, un anacronismo.

Habrá que convenir en que la libertad de pensamiento y de expresión siempre ha sufrido distorsiones, pues la consideración y el respeto desaparecen cuando predomina el fanatismo. De ahí al empleo de la fuerza para imponer posiciones hay un trecho muy corto. Todo comienza con descalificaciones insultantes; luego se llega a la violencia, es decir, al enfrentamiento cerril, como si de esta manera fuera posible lograr uniformidad de pensamiento.

Las afirmaciones de que los que piensan diferente son facinerosos, que sirven a intereses oscuros y que procuran dominar a los otros, siempre fue rasgo distintivo de las dictaduras, que también usan la propaganda oficial para difundir acusaciones falsas y aleves contra el oponente político; esto está en la esencia de los neopopulistas, para quienes nada es atendible fuera del dictado sectario. Una opinión diferente se responde con lenguaje agresivo. Y, si se trata de una crítica, las reacciones suelen ser arbitrarias y represivas.

Es cierto que la pasión política lleva a excesos, pero también hay ejemplos de que es posible refrenarla y dar lugar a la coexistencia respetuosa de las diferencias. En efecto, hay sociedades educadas en las que ya es impensable dirimir los cuestionamientos por la vía del enfrentamiento; solo se acepta la consulta a la ciudadanía, sin imposiciones.

En nuestro país la prédica de odio y la descalificación se dirige principalmente a la derecha, al liberalismo y a los disidentes a quienes se les asigna designios perversos. Este es el resultado de una tarea incumplida: lograr que la paz interna prevalezca por medio del diálogo y la tolerancia; es decir, guardando respeto mutuo entre las circunstanciales mayoría y minorías.

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