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Marcelo Ostria Trigo

Organismos internacionales y democracia


2018-09-19 - 18:18:58
Según una definición generalmente aceptada, los organismos internacionales “son asociaciones voluntarias de Estados establecidas por acuerdo internacional, dotadas de órganos permanentes, propios e independientes, encargados de gestionar unos intereses colectivos y capaces de expresar una voluntad jurídicamente distinta de las de sus miembros”. (Ver Manuel Diez de Velasco en “Las Organizaciones Internacionales”. 13 ed., Tecnos, Madrid, 2003).

La obligación de los Estados miembros de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y de la Organización de los Estados Americanos (OEA) de “gestionar esos intereses colectivos” está expresada en sus cartas constitutivas. En efecto, además de consignar el principal propósito de afianzar la paz, se incluyen los no menos importantes objetivos de promover y defender la democracia y la vigencia de los derechos humanos: Esto se reafirma en dos notables documentos: La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y la Carta Democrática Interamericana (2001).

Sin embargo de la vigencia de esos instrumentos internacionales, es ostensible que aún prevalecen autoritarismos y se repiten graves violaciones de los derechos humanos. Esto muestra la carencia de fuerza –o voluntad– de los organismos internacionales, lo que se procura justificar malentendiendo el principio de la no injerencia en los asuntos internos de un Estado, aunque esto signifique contradecir la obligación de cuidar la democracia representativa y la vigencia de los derechos humanos. Las declaraciones solemnes, las enérgicas condenas expresadas en documentos colectivos, y aún las sanciones a las satrapías –muchas veces resistidas por países con gobiernos democráticos– no alcanzan para proteger las libertades de los ciudadanos.

Se dice, con razón, que si no existiesen los organismos internacionales habría que inventarlos. Cierto. Pero eso sí, dándoles fuerza para imponer el cumplimiento de las obligaciones libremente aceptadas por sus miembros, que están establecidas en los instrumentos en vigencia.

Las leyes internacionales y las obligaciones contraídas de proteger los derechos ciudadanos que no tengan carácter coercitivo, hacen que no se cumpla el propósito para el que fueron aprobadas: solo causan decepción y frustraciones en los pueblos. Para peor, se elige a representantes de gobiernos que violan la libertad de sus ciudadanos, para integrar el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, lo que, por lo menos, es una aberración democrática.

Hay ostensibles violaciones a la democracia y los derechos humanos en nuestra región; por ejemplo, persiste la salvaje represión del gobierno de Nicaragua, contra su pueblo que exige libertad y honestidad; resistencia que ya había comenzado con la ilegal e impuesta reelección de Daniel Ortega. La prueba del pobre resultado de las condenas de los organismos internacionales al régimen sandinista, es que este continúa con la violencia que ya ha cobrado cientos de vidas y muchos más heridos. Los organismos internacionales nada han conseguido. Es más: los representantes de la tiranía nicaragüense en la ONU y la OEA, siguen presentes en los dos organismos. Todo esto muestra que el régimen de los Ortega se empareja, con igual ferocidad, con la dictadura chavista que encabeza Nicolás Maduro que ha causado la espantosa crisis que sufre el pueblo de Venezuela y que sigue tercamente en el afán de perpetuarse.

No sorprende, entonces, que en Bolivia se imite el empeño de eternizarse en el poder y se desconozca el rechazo a la reelección indefinida expresado en el referendo del 21 de febrero de 2016. Pero hay más: dirigentes cocaleros, militantes del Movimiento al Socialismo (MAS), afirmaron que si ganara la oposición en las elecciones de 2019, ellos no dejarán gobernar al nuevo régimen. No hubo desmentido del partido oficial rechazando esta intención antidemocrática, lo que sugiere que “el que calla otorga”. Lamentablemente, tampoco hubo reacción internacional.

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