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Marcelo Ostria Trigo

Desesperanza


2018-10-18 - 20:54:09
Confieso que, como nunca, me domina la desesperanza. Y, aunque confieso que esto no es bueno y que hay que perseverar en el esfuerzo de superar desventuras, no logro ver salidas a la tragicomedia que estamos viviendo desde hace ya más de una década. Sé que sentir esto se parece mucho al derrotismo; y que, de alguna manera, cuando alguien sufre el abatimiento, influye -en muchos o en pocos- a que se pierda la ilusión de algún día vivir dignamente. Y lo peor: voy sintiendo la indeseada impotencia de no poder contribuir a que vuelva la sensatez, si alguna vez hubo entre nosotros.

Sé que este drama lo viven muchos, y no solamente en mi Patria; es una desgracia que la comparten, en mayor o menor medida, varios pueblos que se debaten entre el hambre y la dictadura, entre la ignorancia y la imposición; y que están bajo el poder de los sátrapas.

Es cierto que es difícil -por lo menos, para mí lo es- avizorar nuevos tiempos signados por la libertad de las personas, por el respeto a la propiedad adquirida con esfuerzo, por la vigencia del derecho a elegir libremente a los que pretenden regir naciones y, al fin, por ejercer el derecho de pensar libremente. En realidad, ya se precisaron las cuatro libertades esenciales: "Libertad de expresión, libertad de culto, libertad de vivir sin penurias y libertad de vivir sin miedo (Franklin D. Roosevelt, 1882-1945).

Mi país ha pasado por todas las calamidades imaginables: tiranías brutales, guerras intestinas e internacionales, cruentas revoluciones, experimentos políticos ya fracasados en el mundo, pobreza generalizada, aislamiento, corrupción, educación deficiente y salud desatendida. Y aún hay muchedumbres aleccionadas para el atropello, que las paga el pueblo y que hacen más viles a los que las alientan a cercenar los derechos humanos.

Lo rescatable es que, pese a estas desventuras que persisten hasta ahora, en nuestra tierra, sigue siendo país; es decir, aún sobrevivimos como nación empecinada en sobreponerse a los fracasos, a las injusticias, a los tiranos ignaros, y que está resuelta a encontrar el camino de la libertad.

Un refrán dice que "no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista". Pero mi patria ya ha superado más de una centuria de padecimientos, y su cuerpo, aunque cercenado, sigue vivo. Este puede ser el acicate para persistir en el esfuerzo -que ya no podrá ser el mío- de encaminar en el futuro a esta tierra hacia lo que soñaron los buenos: una nación de "contactos y no de antagonismos" (Luis Fernando Guachalla, 1899-1986); y una nación convencida en que "nadie puede ser perfectamente libre, hasta que todos lo sean" (San Agustín, 354-430). Todo esto sigue siendo, por ahora, una esperanza a punto de convertirse en una quimera.

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