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Moira Sandoval Calvimonte

Peligrosa retórica oficial


2016-08-11 - 19:30:11
Las últimas declaraciones de los Cancilleres David Choquehuanca y Heraldo Muñoz, muestran que se ha llegado a tensionar innecesariamente la relación entre Chile y Bolivia. La pregunta es: ¿Hacía falta llegar a este punto?

En el ámbito jurídico estrictamente, el Estado Boliviano tiene una posición expectable, pues la demanda interpuesta ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, a cargo de un buen equipo de expertos en litigios internacionales, probablemente sea concedida, resultando que Chile deba negociar con Bolivia un acceso soberano al Océano Pacífico.

Un pronóstico parecido se puede aplicar a la contrademanda para dirimir la naturaleza de las aguas del Silala, radicada también en la Haya y substanciada por los mismos juristas, quienes deberán considerar antecedentes y datos históricos de la época posterior al Tratado de 1904, cuando en 1908 la prefectura de Potosí concede a la empresa The Antofagasta & Bolivia Railway Co. Ltd. la potestad de utilizar aquéllas aguas para alimentar las locomotoras a vapor, pero con el posterior uso del diesel, tal uso debería cesar. Empero, en la actualidad empresas mineras situadas en territorio chileno, continúan utilizando las aguas procedentes de las vertientes del Silala, fundamento de hecho que puede ser demostrado con peritajes y tecnología.

Contribuye en tal sentido, la visita de inspección del Canciller Choquehuanca al puerto de Arica, (polémica e inédita al no ajustarse a procedimientos diplomáticos convencionales) pero con el balance positivo de recolectar datos y antecedentes que podrían contribuir al material probatorio en el litigio del Silala, tales como la verificación del estado de la carga y la situación de los transportistas y comerciantes bolivianos, que incumplen las previsiones del Tratado de Paz y Amistad de 20 de octubre de 1904. Por ello, correspondería en esta fase, la vigilancia del curso procesal de ambas demandas: cumplir los plazos, y aportación de pruebas.

A pesar de esta auspiciosa circunstancia en el ámbito legal, las más importantes autoridades del Estado Boliviano, realizaron declaraciones que enturbian la estrategia jurídica, dando motivo a las autoridades chilenas, para estigmatizarlos como promotores de la confrontación. En el mes de julio, se caldearon los ánimos bilaterales, cuando el vicepresidente dijo a los satinadores graduados de San Andita, que estaban listos para construir una Patria “…políticamente unida y militarmente fuerte para defender su soberanía”; o cuando el ministro de Defensa Reymi Ferreira anunció que “el país debe estar preparado, en particular las FFAA, para resistir hasta la última gota de sangre en caso de cualquier agresión”.

Como corolario, el Canciller Choquehuanca expresó: "Cuando uno ve el Lauca le hierve la sangre. (…)cuando estén ahí parados, van a decir: Estoy dispuesto a derramar sangre, a pelear para recuperar lo que es nuestro, para reclamar nuestro derecho". Aquí cabe señalar que es curioso que lo diga un Ministro que lleva diez años a cargo de las Relaciones exteriores -olvidando que por causa del Lauca, interrumpieron relaciones diplomáticas Bolivia y Chile el año 1962-- y que súbitamente ahora con una sobredosis de patriotismo, protagoniza acciones de reivindicación de los intereses nacionales, pero en los hechos entorpeciendo el hipotético y deseado escenario de negociación con el Estado Chileno.

Este episodio de fiebre patriótica con declaraciones incendiarias, no será desaprovechado por el gobierno chileno, insertándolas como antecedentes en ambas demandas cursantes en La Haya. Pero es bueno reconocer que no sólo es la voluntad chilena de interpretar a su conveniencia tales declaraciones, pues resulta inocultable el mensaje subliminal que se desliza en las mismas.

No puede ser casual la suma de discursos arengando y estimulando el espíritu nacional contra el enemigo exterior, en un asunto tan serio como la reivindicación marítima. La Historia registra que los gobiernos en situación de baja popularidad suelen recurrir al mecanismo de invocar la unidad en torno a una causa de estado manipulando el sentimiento nacionalista de los pueblos.

Como hizo Leopoldo Galtieri en 1982(al mando de la Junta Militar), ante al desgaste del ciclo de gobiernos de facto y un fuerte descontento popular por la crisis económica (inflación anual del 90%), enfrentó en guerra a la Argentina contra Gran Bretaña, sin medir la correlación de fuerzas bélicas ni sus consecuencias.

Recuperar las Islas Malvinas fue el anhelo que movilizó al pueblo --en un cálculo político por conservar el poder—pero sus legítimas aspiraciones fueron frustradas, cuyoefecto fue la debacle en la ya depauperada economía argentina, y adelanto de elecciones que dieron fin a la etapa de gobiernos militares.

Estoy persuadida que la prudencia es un atributo esencial en un gobernante, al conducirse frente a otros Estados, para guiar a su pueblo hacia la seguridad y la paz, evitando guerras cuyo único legado es el sufrimiento de los pueblos. Cuantiosas guerras sucedieron por designios políticos mezquinos o la imprudencia de un gobernante.

Sería insensato arriesgar las acciones legales exitosas hasta ahora desplegadas, facilitando a Chile los argumentos para evadir la ansiada negociación -considerando que actúa con mayor efectividad en escenarios bélicos que jurídicos— y en el siglo XXI en plena era nuclear, es imperativo ser prudente.

En el ánimo reflexivo, conviene recordar que la prudencia es prima hermana de la sabiduría, actitud que vendría bien a las autoridades bolivianas -aunque sea grande la tentación de adquirir por ósmosis la popularidad de la reivindicación marítima- es necesario indicar que la verborrea imprudente de las autoridades no sólo pone en situación peligrosa la paz de la región, sino que aleja la posibilidad de una negociación eficaz y de buena fe.

De lo contrario, habría que preguntarse: ¿Quién sería el primero en dar tres pasos al frente?

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