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La ferretería que se convirtió en emblema y memoria viva del arte mexicano


27/01/2018 - 12:58:54
Infobae.- En el Centro Histórico de la Ciudad de México hay un negocio que acumula un siglo de memoria de la pintura mexicana. Sobre sus mostradores, los más reconocidos artistas mexicanos dejaron algún trazo en papel, una anécdota, su imagen de genios reflejada en las vitrinas que todavía hoy exhiben los mejores materiales de pintura y escultura, embarcados casi todos de Europa, Estados Unidos y Asia.

A este lugar venía Diego Rivera con sus ayudantes, a veces acompañado de Frida Kahlo. Los discípulos de ella, Arturo García Bustos y Rina Lazo, a quienes llamaban Los Fridos. También David Alfaro Siqueiro, Saturnino Herrán y Rufino Tamayo. Luis Nishizawa, Vlady, los hermanos Rafael y Pedro Coronel, Angelina Beloff, Pedro Friedeberg, Roberto Montenegro, Manuel Felguérez, Raúl Anguiano, José Luis Cuevas, Francisco Toledo…

No hay pintor mexicano reconocido que no cruzara alguna vez las puertas de Casa Serra, un local que nació en 1906 como una ferretería propiedad de un inmigrante catalán de nombre Francisco Serra, que se embarcó en Barcelona con rumbo a México.

En el barco conoció a Matilde Aparicio y con ella se casó al llegar a la Ciudad de México. En el callejón de Mesones, en el centro de la capital, instalaron la tlapalería (como llaman en México a las ferreterías) Casa Serra.

Por las tardes, don Francisco dedicaba sus horas a la escultura, y a tallar y decorar muebles. También era dorador, un oficio que sabe cómo cubrir de oro cualquier superficie. Sentado a las puertas de su negocio, llamaba la atención de la gente que caminaba por la calle y preguntaba por sus herramientas. Llamaban la atención las láminas de oro y sus gubias de la marca Henry Taylor que él mandaba pedir de Europa porque no se conseguían en México.

Poco a poco sus clientes comenzaron a pedirle material que fue desplazando poco a poco a los clavos, los tornillos, las alcayatas, los candados, las aldabas, y las anilinas. En su lugar llegaron a los anaqueles, pinceles, pigmentos, óleos y otros insumos para el arte.

Casa Serra se convirtió así en la proveedora más importante y reconocida de artículo de pintura para los artistas mexicanos, que acuden en busca de materiales casi imposibles de conseguir en otras tiendas.

El lugar, sin embargo, todavía guarda fotografías de aquella época en la que vendía brochas, candados, visagras, y el mueble donde exponían los pasadores de puerta.

Un regalo de familia

Hoy Casa Serra –que ya tiene sucursales en otros puntos de la Ciudad de México, una sede más amplia en la calle de Bolívar, también en el Centro Histórico, y su propia marca de pinceles– pertenece a tres hermanas que trabajaron desde muy jóvenes en la "tlapa", como ellas llamaban a la tienda.

Ellas son Olga, Teresa y Mercedes Guzmán Reyes, de 76, 73 y 71 años. Hijas de una mujer que toda su vida fue empleada de la familia Serra, heredaron el negocio al morir el último de los tres hijos (Helena, Francisco y Joaquina) de Francisco y Matilde, en 1983.

"Mi madre, María Reyes, comenzó a trabajar con ellos cuando tenía 10 años", recuerda Olga. "Después se casó, pero siempre estuvo al pendiente ellos, ayudándolos, y ellos siempre la trataron como una hija más".

Todo lo que saben, dicen, lo aprendieron allí. Desde que terminaron la secundaria y combinaron su trabajo en Casa Serra como empleadas, con algunas horas de clase en escuelas de oficios. "Los dueños nos nombraron herederas para que siguiéramos con la tradición", dice Olga.

Al principio no fue fácil. Había que aprender de la calidad de los materiales y las técnicas para saber aconsejar a los clientes, que en ocasiones llegan a la tienda sin saber bien lo que quieren. Don Francisco, el fundador de Casa Serra, las instruyó en el trato con los artistas, aunque "no nos dejaba hacer tertulia".

Su hijo Francisco, quien se hizo cargo del negocio al morir el padre, las instruyó sobre todo en las compras en el extranjero. Con él la tienda comenzó a importar material de Japón, como las placas de marfil que utilizaba Carmelita Jiménez, una acuarelista que había estudiado –como muchos artistas mexicanos– en la escuela del pintor español José Bardasano Baos, republicano exiliado en México luego de la Guerra Civil española.

"Paco (Francisco) se encargaba de las importaciones y él enseñó a Tere a hacer los pedidos, a calcular de qué material se iba a pedir más y de cual menos", dice Mercedes.

Gracias a Casa Serra, las hermanas Guzmán Reyes han viajado por todo el mundo y conocido de cerca el mundo del arte. Todavía recuerdan cuando la tienda departamental que entonces se llamaba El Puerto de Liverpool organizaba exposiciones "increíbles", con bebidas y canapés que ofrecían elegantes meseros a los invitados. "Era de lo mejor en aquella época", recuerda Mercedes.

Hoy en cambio la gente va a las inauguraciones 15 minutos o media hora "y vámanos", dice. "Ya no hay ese esplendor que había antes, ya nadie convive".

Tere coincide con su hermana: "Las inauguraciones de hoy no tienen el mismo encanto que antes", dice. Tal vez porque el medio artístico está muy competido y ya no se vive igual. "Como dice uno de los hermanos Coronel –no sé si Pedro o Rafael–: habemos muchos pintores, pero pocos artistas".

Una vida entre artistas

Las hermanas Guzmán Reyes comenzaron a trabajar en Casa Serra en los años sesenta. Desde entonces, en su memoria se acumulan las anécdotas de los pintores –muchos de ellos sus amigos– que han pasado por la tienda.

Recuerdan, por ejemplo, que allí compró José Luis Cuevas su primer estuche de acuarelas y que, ya casado, era su esposa quien le elegía los materiales. "El se recargaba y contemplaba a su mujer, y sólo cuando alguno no le gustaba, le hacía alguna seña para dicerle que no", recuerda Mercedes.

También hablan Octavio Ponzanelli, el escultor italiano que vivió muchos años en México. "El hizo sus primeras esculturitas en plastilina y con un pincel de plástico", afirma Olga. Luego, para sus grandes esculturas como las que hay en el Palacio de Bellas Artes, compraba su herramienta en Casa Serra.

"¿Pero te acuerdas cuando venía Pedro Coronel?", le pregunta Olga a Tere. Era de los pocos artistas a los que don Francisco, el fundador de Casa Serra, le fiaba. "A él lo dejaba pasar a la bodega a sacar su mercancía", dice Tere.

A ellas se les iluminaba la cara cuando llegaba Coronel porque era muy buen cliente y se llevaba mucha mercancia. "En los años 70 pedía bastidores de dos metros por dos metros, y entonces la tienda era tan chiquita que ocupábamos los mostradores del lado al lado para poner la tela y ya luego clavarlo".

A Pedro Coronel, muerto en 1985, lo recuerda con cariño porque era "muy campechano", es decir, amable, sencillo, "muy agradable", dice Tere. "Cuando venía, la portera ( la mujer que abre la puerta de los edificios y se hace cargo de su limpieza) le preparaba su cafecito".

En ese entonces, Casa Serra sólo ocupaba un local de un viejo edificio construido en 1907, donde había 22 viviendas de renta "congelada", es decir, protegida pr una antigua ley que no permitía el incremento de alquieres en algunas zonas de la ciudad. También compartían el inmueble con un café de chinos que más tarde se convirtió en cremería y luego en su bodega. El temblor del pasado 19 de septiembre sólo dejó una grieta en algunas de sus paredes.

A lo largo de los años, además, las hermanas Guzmán Reyes también se han convertido en una especie de coleccionistas de arte. Uno puede imaginar en sus paredes las obras que describen de Tamayo, Anguiano, Toledo, y en la tienda obras más recientes de pintores como Héctor Falcón.

"Algunas las hemos cambiado por material", dice Mercedes. Otras han sido regalos de los mismos artistas. Entre ellos uno de Santiago Carbonel dedicado.

Las hermanas Guzmán Reyes no sabían cuánta obra había acumulado Casa Serra hasta que celebraron en 2016 los 100 años de su inauguración en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En ese momento se dieron cuenta de la cantidad de bocetos, pruebas de autor y dibujos de artistas de todas las épocas.

Del joven artista Omar Soto, guardan un Quijote que les regaló en medio de una tertulia de cantina. "Había ido a la tienda a comprar papel, lápiz y tintas, y después fuimos a la cantina a comer y ahí me regaló el dibujo", dice Olga.

Algunos de ellos incluso han tratado de recuperar obras que están en Casa Serra. Como Sergio Hernández, un pintor oaxaqueño de renombre, que tuvo su primera exposición en la Ciudad de México en una estación del Metro.

Allí las hermanas compraron un dibujo que entonces les costó 300 pesos. "Hoy su obra ronda los 100.000 dólares", dice Tere.

Ahora él ha querido cambiarles ese dibujo por una obra más reciente. Ellas no quieren. "Queremos quedarnos con lo que pintaba entonces, cuando vimos todo lo que pasó para llegar al lugar en el que está", dice Olga.

Por eso, para ellas, Casa Serra es una parte de la memoria del arte mexicano.

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