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Autos de lujo, de capricho mafioso a próspero negocio


14/02/2018 - 10:20:13
El Espectador.- Pablo Escobar Gaviria fue el criminal que puso de moda en Colombia los automóviles de máximo lujo. Hablamos de los años 80 del siglo pasado, hasta cuando era un “honorable” representante a la Cámara. Bastaba pararse frente a su edificio Mónaco, en Medellín, para ver el desfile de todos los modelos que compraba al precio que fuera una vez le llamaban la atención en la televisión, las películas o sus viajes, incluso a Estados Unidos.

El mismo espectáculo se veía en su Hacienda Nápoles, en Puerto Triunfo, Antioquia. Hicieron parte de la colección del capo del cartel de Medellín, en plural, Ferraris, Lamborghinis, Porsches, Cadillacs, un Rolls-Royce Phantom, una limusina Mercedes y hasta un automóvil clásico baleado, que unos empleados atribuían al mafioso Al Capone y otros a los legendarios ladrones y fugitivos estadounidenses Bonnie y Clyde. En los años 90, ese parque automotor la llegó a tasar el Cuerpo Élite de la Policía en 300 millones de dólares.

Dejó de exhibirlos cuando se declaró en guerra contra el Estado y empezó a asesinar políticos y jueces, así como a cometer atentados con carros bomba -esos no último modelo-, con tal de no ser extraditado a Estados Unidos. Todos sus “juguetes” terminaron decomisados, saqueados o subastados en medio de las irregularidades de la antigua Dirección Nacional de Estupefacientes y del desmantelado DAS, o incinerados dentro de la guerra que enfrentó con el cartel de Cali y luego con el grupo ilegal Perseguidos por Pablo Escobar, Pepes.

Juan Pablo Escobar, el hijo del capo ahora identificado como Juan Sebastián Marroquín, contó que a los 14 años de edad su papá le regaló su primer Ferrari. “Me duró tres días”, recordó el año pasado al diario español ABC.

Quien le había montado competencia en los gustos automotores fue Gonzalo Rodríguez Gacha, alias ‘el Mexicano’, el capo del cartel de Bogotá, que un día lo invitó a su mansión en el Chicó, en el norte de la capital del país, para “tramarlo” con su Rolls Royce y su Jaguar “edición especial”, también incautados después por la Policía y el DAS. Escobar se le habría burlado diciéndole que “no chicaneara”, que el primero en importar un Rolls Royce desde Miami fue el marimbero de la Guajira, José Anastasio Cotes Bruges, tal y como se reseña en el libro Los jinetes de la cocaína.

También se habría reído de Jorge Luis Ochoa Vásquez, luego de que fuera capturado a la 1:30 p. m. del sábado el 21 de noviembre de 1987 en un retén de la Policía Vial ubicado en la recta Cali-Palmira. Se le señalaba como miembro del cartel de Medellín, razón por la que en 1991 se sometió a la justicia colombiana. Manejaba un hermoso Porsche 911 Turbo, color blanco, de placas EM-1779. En el archivo de la Policía se reseñan dos versiones: que iba a reunirse con presuntos narcotraficantes de esa región o que le encantaba manejar y decidió ir a pagarle una promesa al Señor de los Milagros de Buga, por haber permitido, luego de su captura en España, que lo extraditaran a Colombia y no a los Estados Unidos.

A la Policía le mostró una tarjeta provisional de propiedad del vehículo, a nombre de William Thomas Said Sbeer, que era entonces coronel del Ejército de Honduras y además el agregado militar en la Embajada de ese país en Colombia. Después se rumoró que en realidad narcotraficantes del Cartel de Cali, ya en guerra con los de Medellín, “lo sapearon” a los agentes de tránsito.

Aunque de más bajo perfil, los mafiosos de Cali no se dejaban opacar por los excesos de Escobar y menos en cuestiones de motores y centímetros cúbicos. Por lugares como el Hotel Inter, antes de ser oficialmente perseguidos por las autoridades, desfilaban al estilo gala de Hollywood con sus últimas adquisiciones para asistir a cocteles y fiestas a las que invitaban políticos, empresarios y dirigentes deportivos. También periodistas, que pedían permiso para tomarse una fotico al volante.

Uno de los últimos narcotraficantes a los que se le vio ostentar fue a Luis Hernando Gómez Bustamante, alias “Rasguño”, fundador del Cartel del Norte del Valle. Cuando fue procesado por la justicia colombiana, en 2007, entregó entre otras propiedades un Ferrari negro, de 300 caballos de fuerza y una cilindrada de 3.500 centímetros, avaluado en 250 mil dólares, que sólo había manejado durante 858 kilómetros para “no boletearse”. Como no se pudo subastar a un precio justo, en 2011 la Policía de Bogotá lo adaptó como patrulla para “misiones especiales” y, se dijo en rueda de prensa, como un acto simbólico de que “el poder mafioso termina sometido por las autoridades”. En Panamá, un Lamborghini incautado al colombiano David Murcia, el famoso propietario de la ilegal pirámide financiera DMG, también fue convertido en un auto policial.

El ejemplo de los autos de lujo cundió entre otros protagonistas de expedientes judiciales, que no dudaban en mostrarlos en sociedad en compañía de reinas de belleza que fueron novias o esposas de Efraín Antonio Hernández Ramírez, alias Don Efra, y Justo Pastor Perafán Homen.

Esa narcocultura se mantuvo a la vista al menos hasta el año 2000 cuando la Policía y la Fiscalía empezaron a seguir un Mercedes último modelo, con placas diplomáticas, que violaba los límites de velocidad en Bogotá. Eso llevó a la detención de Rigoberto Reinoso Duque, capturado el 1° de noviembre dentro de la llamada Operación Nueva Generación. Acusado de narcotráfico y pedido en extradición por Estados Unidos, se estableció que usaba un automóvil asignado a la Embajada de Perú en Colombia.

La llegada al país de la mayoría de esos vehículos ocurrió precisamente valiéndose de funcionarios diplomáticos sobornados. No hay que olvidar que esta práctica fue admitida por otro de los grandes capos del narcotráfico: Carlos Lehder Rivas, capturado y extraditado a EE. UU. el 4 de febrero de 1987. Durante el juicio en Miami contra el exdictador panameño Manuel Antonio Noriega, en noviembre de 1991, “El loco” Lehder se ufanó de inventar “la compra de derechos de importación de automóviles a diplomáticos en Colombia”, movidas con las que le daba gustos a amigos del eje cafetero y a socios como Escobar y Rodríguez Gacha. “Era el narco que más sabía de carros, porque vivió de robar carros de alta gama en Long Island y en Detroit, Estados Unidos, los que llegó a contrabandear a Colombia antes de convertirse en capo”, dice una fuente de la Policía.

Todos impulsaron el mercado ilegal y legal de automóviles de lujo y luego el de blindados. Después de la muerte o extradición de los grandes capos, la apertura económica de Colombia en los años 90 permitió que las grandes marcas pensaran en abrir representaciones oficiales.

Porshe ha sido una de las abanderadas y, según cifras publicadas por la firma Autoelite, importadora exclusiva para el país, mantiene un mercado en constante incremento; ocho por ciento en ventas durante el primer semestre de 2017, con respecto al mismo periodo del año anterior. Vende al menos 160 unidades al año. Un modelo clásico 911 cuesta unos $500 millones.

Ferrari fue más despacio y apenas en 2015 abrió su primera vitrina en Bogotá, aunque ya hacía negocios a través del Salón del Internacional del Automóvil, donde exhibió desde 2010 modelos desde mil millones de pesos. En todo caso, el mercado de los lujosos, que el año pasado bajó 13,5%, lo sigue encabezando, de lejos, Mercedes con un 52%, seguido de BMW con 29%.

Esto para destacar que lo que antes era un capricho de mafiosos se volvió un próspero mercado de multimillonarios colombianos que pueden comprar un McLaren 650S, un Mercedes-AMG GT S, un Porsche Boxster o un Lamborghini y asumir las consecuencias de sobrepasar los límites de velocidad en autopistas como la que lleva de Bogotá a Tunja.

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