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Marcelo Ostria Trigo

Muerte por hambre


2017-01-11 - 23:33:14
No es concebible que haya regímenes que estén dispuestos a traspasar todos los límites de la decencia y de la compasión por el prójimo. Tan aberrante es perseguir a quien no comparte las ideas del gobernante, como es la fría indiferencia ante el sufrimiento provocado por el sectarismo y la barbarie convertida en poder.

Hace unos días se supo que un joven venezolano de solo 16 años murió de hambre. Kevin Lara Lugo, desesperado, comió yerbas malsanas y enfermó gravemente. Luego falleció porque en el hospital al que lo llevaron no había las medicinas que requería, lo que ratifica que en los hospitales venezolanos, se reciben enfermos que van a morir irremediablemente por las carencias que resultan de una crisis sin precedentes en la Venezuela que, hace poco, fue próspera y pujante.

Kevin Lara era parte de una familia venezolana angustiada por la pobreza y por la falta de trabajo. En una crónica periodística se dice —con razón— que “…esta historia parece encarnar todo lo que ha salido mal en Venezuela…” (The New York Times, 26.12.2016). Realmente, este drama demuestra que los populistas en la patria de Bolívar están resueltos a retener el poder a cualquier precio, inclusive sometiendo por hambre a su propio pueblo.

Pero hay más: Las estadísticas revelan la indiferencia del chavismo por el número creciente de muertes violentas en las calles de las ciudades venezolanas. Caracas, por ejemplo, es proporcionalmente donde se comenten más asesinatos en el mundo. Y, como en el caso de Kevin, ante la tragedia predomina la indolencia oficialista.

El gobierno venezolano no solo está resuelto a lograr su permanencia en el poder con acciones siniestras: apresar a políticos opositores, desconocer las libertades democráticas y destruir las instituciones republicanas; también ha probado ser ineficiente, corrupto y con una ostensible prepotencia que se respalda en una casta militar. Mientras tanto, el chavismo habla de diálogo, de concertación y de respeto a la ley, cuando, en realidad, solo atina, para prologar su predominio, a reprimir y dejar morir a sus ciudadanos.

La indiferencia se advierte aún más cuando el caudillo, en sus frecuentes mensajes no menciona los graves problemas de los venezolanos: solamente despotrica contra lo que no es afín a los designios de la satrapía o para entrar en conflictos innecesarios.

Se podría pensar que se trata de un problema ajeno y que no nos toca. Pero hay quienes advierten que éste también podría ser el destino, cuando se procura el dominio sin término del populismo desenfrenado.

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