Viernes 06 de febrero 2026

La Identidad Cruceña en Tiempos de Cemento



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Preservar la identidad de Santa Cruz en un mundo globalizado es un desafío mayúsculo; sin embargo, la "cruceñidad" posee una raíz lo suficientemente profunda para nutrirse de acciones cotidianas. No se trata de un ejercicio de nostalgia o de mirar fijamente al pasado, sino de integrar nuestra herencia en el presente. Para el camba, la identidad no es un frío manual de reglas, sino una filosofía de vida cimentada en la alegría, la franqueza y el contacto con la tierra.



Esta esencia incluye, fundamentalmente, el respeto por el árbol y la sombra. Sembrar un toborochi o un tajibo en la acera es, quizás, uno de los actos de preservación más hermosos que un cruceño puede realizar. No obstante, para mitigar el impacto de la urbanización acelerada y la migración, no debemos buscar un aislamiento imposible, sino una integración inteligente. El objetivo es que Santa Cruz crezca sin extraviar su "mojón" espiritual.



Todos los ciudadanos cruceños —de nacimiento o por adopción— tenemos la obligación moral de evitar que nuestras costumbres terminen confinadas en libros de historia. En esta tarea, las comparsas y fraternidades deben asumir un rol protagónico, evolucionando de ser simples grupos de festejo a verdaderos centros culturales. Imaginemos el impacto si cada fraternidad "adoptara" una tradición o un espacio público para promoverlo durante todo el año, y no solo bajo el desenfreno del Carnaval.



La identidad no es una pieza de museo que se empolva; es un organismo vivo. Santa Cruz siempre ha sido tierra de migrantes, y la clave de nuestra supervivencia cultural reside en que la ciudad mantenga una personalidad tan magnética que quien llegue prefiera un somó, una chicha o un mocochinchi antes que una gaseosa industrial.



Nuestra resistencia también es lingüística. El castellano cruceño es una joya que amalgama la herencia hispánica antigua con términos nativos guaraníes y chiquitanos. Es vital defender nuestro voseo y esa entonación característica, evitando la homogenización del lenguaje. Asimismo, la poesía y el relato costumbrista de figuras como Germán Coimbra Sanz o Raúl Otero Reiche deben trascender generaciones, manteniendo viva la voz de los poetas populares que aún recitan en nuestros pueblos.



En cuanto a lo sonoro, nuestra música y danzas típicas deben ser patrocinadas para evitar que los ritmos foráneos silencien el oriente. El ritmo de la tamborita —con su flauta de madera, bombo y caja— es el alma del "buri" y debe sonar con fuerza en cada rincón.



Finalmente, este esfuerzo requiere de una estructura formal. Es imperativo gestionar ante el Estado la regionalización de la educación, estableciendo una Cátedra Regional que refuerce nuestra historia, símbolos y literatura en el currículo escolar. Debemos institucionalizar la cultura fomentando "Escuelas de Tradición" en cada distrito y protegiendo nuestro patrimonio alimentario con sellos de calidad que defiendan al horneado típico frente al avance de las franquicias de comida rápida.



Para que las costumbres no se diluyan ante el cemento y el paso del tiempo, la receta es simple pero exigente, hay que vivirlas, no solo recordarlas.

Periodista y docente universitario