Viernes 28 de agosto 2026

Una mirada irónica al Gobierno



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El poder no cambia a la gente, la desnuda. Revela sus virtudes y, sobre todo, sus debilidades. Y sus errores casi siempre comienzan de la misma forma: cuando deja de escuchar a la sociedad.

En política, la percepción pesa más que la verdad.



Tenemos un presidente tranquilo, que exhibe una dudosa sensación de seguridad y una notable capacidad para no alterarse frente a situaciones difíciles. La escena deja solo dos interpretaciones posibles: o no toma decisiones, o es un estratega de largo aliento. En ambos casos, la señal es inquietante.



La experiencia enseña algo elemental: una mala decisión hace menos daño que la indecisión acompañada de indiferencia. El daño crece cuando no se aclaran eventos controvertidos ni se responden actos cuestionados que ya han recibido el juicio negativo y la censura de la opinión pública.



Hay otra lección que caracteriza a un "país tranca": quien lo conduce, por lo general, termina apareciendo corrompido. En esta viña del Señor, esa película ya la hemos visto.

Gobernar es elegir. Una vez que el gobierno decide imprimir una política de Estado, debe actuar sin dudar. Retroceder derogando instrumentos jurídicos ya aprobados y listos para su aplicación no es prudencia, es improvisación. Y la improvisación crea incertidumbre, destruye la confianza y empaña la gestión.



La ciudadanía reconoce y premia a quien sabe interpretar a cabalidad el momento. El ciudadano acepta mejor una verdad incómoda dicha con honestidad que una mentira piadosa sostenida con soberbia.



La enseñanza criolla es clara: saber escuchar las insinuaciones ciudadanas es sinónimo de interpretar el sentimiento popular. Es la forma más sutil y eficaz de gobernar.



Durante la campaña, muchos candidatos hablan de cómo se debe gobernar el país. Pocos lo entienden cuando llegan. Pero todos, gobernantes y gobernados, debemos vivir con sus efectos.

Porque el ciudadano rara vez sigue al más sabio o vota por el más preparado. Sigue al que le parece más seguro. En política, la seguridad aparente suele ser más persuasiva que la inteligencia real. Raro es el político que llega al poder sin comprender primero a la multitud.



Y ojo: cuando la sociedad se cansa de los políticos, crece inevitablemente el atractivo del candidato que afirma no ser uno de ellos. Ningún poder es permanente. Todos dependen, finalmente, de la voluntad cambiante de la ciudadanía.



Lo que ocurre hoy en nuestro país debería preocuparnos. Al no tener líderes que ocupen con solvencia la conducción del Estado, corremos el riesgo de que, si la crisis económica y social fuerza un adelanto de elecciones, terminemos optando no por la mejor alternativa, sino por la menos peligrosa.