Miércoles 18 de marzo 2026

El Senamhi advierte más tormentas

Bolivia bajo el agua: lluvias y granizo destruyen ciudades y asfixian al agro



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Bolivia se enfrenta a una de las semanas más críticas de la temporada, con un eje central que parece haber claudicado ante la furia del clima. Lo que comenzó como lluvias estacionales ha derivado en un escenario de emergencia nacional de facto, donde el granizo en el occidente y las inundaciones en el oriente están demoliendo la infraestructura urbana y amenazando la seguridad alimentaria. Bajo la lupa de La Mesa de Análisis, la falta de previsión estatal ha dejado a las principales ciudades y carrteras del país a merced de tormentas que ya no solo anegan calles, sino que derriban viviendas y asfixian los motores productivos.

En la ciudad de La Paz, la tragedia se viste de blanco. Las granizadas del domingo y lunes en la zona sur alcanzaron niveles aterradores, con acumulaciones de hasta 1.5 metros de altura en sectores como Alto Irpavi y Achumani. El peso del hielo sólido, que no logra drenar por los sistemas pluviales saturados, ha provocado el colapso estructural de viviendas, incluyendo una edificación de tres plantas que sucumbió ante el tonelaje del granizo. Los vecinos denuncian que se escucharon explosiones antes de que los muros cediera mientras el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi) mantiene la Alerta Naranja hasta el domingo 22 de marzo.

Cochabamba no ha corrido con mejor suerte. La urbe experimentó un evento climatológico calificado como "sin precedentes" al registrar la caída de 135 milímetros de agua en solo una hora. Este volumen de lluvia, equivalente a lo que suele caer en semanas, provocó que el sistema de alcantarillado colapsara instantáneamente, convirtiendo mercados emblemáticos como el Calatayud y zonas como Jaihuayco en verdaderos ríos de lodo. Los comerciantes observan con impotencia cómo sus mercaderías se pierden, mientras la infraestructura municipal demuestra, una vez más, que no está diseñada para el nuevo comportamiento de las precipitaciones en el valle.

En el oriente, el drama se traslada a los campos de producción. Las lluvias persistentes en Santa Cruz han frenado en seco la cosecha de 2.2 millones de hectáreas de soya, maíz y sorgo. La acumulación de humedad en el suelo está provocando la pudrición de las raíces, un fenómeno que los productores describen como una "asfixia radicular" que compromete los rendimientos de la campaña. Si el agro se detiene, la cadena de suministro hacia el occidente se rompe, lo que anticipa un incremento inmediato en los precios de la canasta básica familiar para los próximos días.

La situación en municipios como Yapacaní y San Julián es desesperante. El desborde de ríos ha dejado comunidades enteras aisladas, con puentes que han cedido ante la fuerza del agua y caminos secundarios que son ahora intransitables para la maquinaria pesada. La Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO) ya ha lanzado la señal de socorro, advirtiendo que el exceso de humedad no solo retrasa la recolección, sino que aumenta el riesgo de enfermedades en los cultivos que logren sobrevivir a la inundación. Bolivia está perdiendo su alimento bajo un manto de agua que el Gobierno central evita declarar como desastre nacional.

Desde la otra acera, las autoridades locales intentan responder con recursos limitados. En La Paz, la maquinaria municipal trabajó a contrarreloj para remover toneladas de granizo compactado que bloqueaba el acceso a las cuencas de los ríos Irpavi y Achumani. Sin embargo, la saturación de los suelos en los farallones de la zona sur representa una amenaza latente de deslizamientos de tierra. Los geólogos advierten que la tierra ya no puede absorber más líquido, lo que significa que cualquier lluvia leve en las próximas horas podría desencadenar mazamorras fatales sobre las viviendas ubicadas en los pies de los cerros.

La crisis climática se suma a la ya delicada situación logística por la falta de carburantes. Los camiones que intentan sacar productos de las zonas inundadas se encuentran con dos barreras: el barro que bloquea las rutas y las filas kilométricas en los surtidores para obtener diésel. Este escenario de "tormenta perfecta" pone en jaque la estabilidad económica del país justo en vísperas de las elecciones subnacionales. La población percibe que, mientras la política se concentra en las urnas, la realidad física del país se está desmoronando bajo el peso de la naturaleza y la negligencia administrativa.

En el sur del país, departamentos como Potosí y Tarija también reportan pérdidas que superan el 90% en la producción frutícola de valles como Betanzos y Cotagaita debido a granizadas de alto impacto. Los productores lamentan que las promesas de ayuda estatal, en forma de fertilizantes o semillas, siempre llegan cuando la campaña ya se ha perdido. El abandono de las áreas rurales frente a estos eventos anómalos está acelerando la migración interna hacia las ciudades, que a su vez se ven desbordadas por su propia incapacidad de gestionar las aguas pluviales.

El Senamhi ha sido enfático: el peligro no ha pasado. Las tormentas eléctricas con posibilidad de granizo persistirán hasta el miércoles y se reactivarán con fuerza hacia el fin de semana. Este pronóstico es una sentencia de muerte para las estructuras que ya presentan daños estructurales en sus techos y cimientos. La vulnerabilidad de la vivienda en Bolivia queda al desnudo; no se trata de una lluvia más, sino de una degradación sistemática de la habitabilidad ante un clima que ha cambiado sus reglas de juego de manera violenta.

La infraestructura vial del país, bajo la administración de la ABC, también muestra grietas críticas. Los derrumbes en el tramo Tarija-Villa Montes y en la zona de La Angostura en Santa Cruz dificultan el transporte de alimentos frescos. Los transportistas denuncian que los caminos rurales son hoy "trampas de lodo" donde los vehículos quedan varados por días, exponiendo la carga al robo o al deterioro por el calor y la humedad. La logística nacional está cortada, y el impacto se sentirá en los mercados urbanos de La Paz y Cochabamba antes de que termine la semana.

Este escenario de colapso nacional requiere una mirada que trascienda la anécdota local. Cuando las tres ciudades del eje central sufren daños estructurales simultáneos, estamos ante un problema de seguridad nacional. La pérdida de cultivos en Santa Cruz, el cierre de mercados en Cochabamba y la destrucción de hogares en La Paz son síntomas de un país que ha descuidado su resiliencia por décadas. Hoy, esa negligencia se paga con familias damnificadas que lo han perdido todo en cuestión de minutos bajo una granizada que llegó a los dos metros de altura.

Finalmente, el país se asoma a un domingo de votación bajo un cielo que no promete tregua. La movilización de miles de personas hacia los centros de votación en ciudades anegadas y con suelos saturados es una apuesta arriesgada. La naturaleza ha puesto a Bolivia en una encrucijada: o se invierte en infraestructura de verdad o el país seguirá hundiéndose cada vez que las nubes se tornen grises. El desastre ya no es una probabilidad; es una realidad que destruye ciudades y asfixia al agro mientras el poder político mira hacia otro lado.

Se estima que el costo de las pérdidas en el agro y la infraestructura urbana en esta semana superará los 150 millones de dólares, una cifra que el Tesoro General de la Nación no tiene margen para reponer.


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