Loading
En Santa Cruz, la guerra sucia ha evolucionado más allá del simple insulto. Ya no se limita a los grafitis nocturnos; hoy es una maquinaria digital compleja que utiliza narrativas de miedo y apela a sentimientos regionales. El temor a la pérdida de la autonomía, el tener en sus filas a masistas (JP y OTTO tienen) o la supuesta "invasión" de modelos externos se instrumentalizan para movilizar el voto emocional por encima del racional.
Asistimos a una distorsión deliberada de la realidad que manipula creencias y emociones. El uso de bots y cuentas falsas para saturar las redes con verdades a medias busca un objetivo perverso: no que el ciudadano crea una mentira, sino que se fatigue de buscar la verdad y termine por no creer en nada ni en nadie. Esta estrategia no pretende que el elector elija al "mejor", sino que pierda la fe en la política, generando un electorado desmotivado y fácil de manipular. Cuando esto ocurre, quien pierde es la democracia.
En este contexto, la Teoría de la Espiral del Silencio, de Elisabeth Noelle-Neumann, resulta vital para entender el comportamiento electoral cruceño. Esta teoría explica cómo el miedo al aislamiento social en una sociedad tan cohesionada como la nuestra —donde la identidad regional es un pilar fundamental— impide que mucha gente se atreva a cuestionar los discursos dominantes. Si un ciudadano siente que su opinión es minoritaria o "políticamente incorrecta" dentro de su círculo, prefiere callar. El riesgo es latente: cuando el periodismo no ofrece voces alternativas, la espiral se cierra y solo se escucha el grito del que más ataca, silenciando al que más propone.
Santa Cruz se perfila hoy como un escenario de alta polarización, donde la gestión técnica es eclipsada por la comunicación emocional. En la recta final hacia el balotaje para la Gobernación, la desinformación ha emergido como la herramienta central para movilizar —o desmovilizar— el voto. El miedo se utiliza como una estrategia de contraste diseñada para anular las ventajas del oponente mediante amenazas percibidas. Mientras los candidatos intentan posicionar planes técnicos, como el modelo "50-50", la narrativa del "peligro que acecha" persiste como el ruido de fondo que domina la conversación pública.
Para que los cruceños voten con conciencia y no por impulso, el periodismo debe asumir un rol activo. Es imperativo fiscalizar los planes de gobierno, reducir la cobertura de las estériles peleas en redes sociales y profundizar en el análisis técnico de las promesas sobre autonomía, metropolización, salud y transporte.
La ética periodística dicta que debemos dejar de ser simples "notarios" que registran ataques para convertirnos en "arquitectos" que construyen espacios de verdad. Un ciudadano que vota por miedo o basado en una mentira es un ciudadano cuya voluntad ha sido secuestrada.
La democracia no se fortalece con el silencio, sino con el contraste de ideas. Cuando el periodismo claudica ante la guerra sucia, el ciudadano pierde su derecho a decidir y se convierte en un simple peón de una estrategia de marketing.
* Periodista y docente universitario