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El poder no cambia a la gente, la desnuda.
Hace algunos días escribí que el poder no cambia a la gente, la desnuda. Y es lo que estamos viendo.
Cuando un presidente deja de escuchar al pueblo, empieza a equivocarse. Y cuando se equivoca por sordera, provoca una reacción adversa que es inevitable.
Vivimos de percepciones, no de verdades. Lo comprobé en mi paso por la política. Un presidente con poca acción, transmite poca seguridad. Quise creer por un momento que se trataba de templanza, de una admirable aptitud para no alterarse ante el desastre.
Hoy la pregunta es directa y sin rodeos: ¿estamos frente a un indeciso crónico o frente a un estratega brillante? La sola duda ya es un mal presagio para el país.
Una mala decisión se puede perdonar. La indiferencia no. La inacción, menos.
El gobierno de Rodrigo Paz está acumulando una deuda enorme: la deuda de explicar. Evadir aquello que la opinión pública reclama, desaprueba y censura, no es gobernar. Es desacreditarse solo.
El discurso del "país tranca" ya no funciona. Se volvió una herramienta retórica, repetitiva y vacía. Lo grave es que seguimos en el mismo camino y con los mismos operadores de siempre. Así lo percibe la ciudadanía respecto al funcionamiento de las instituciones del Estado.
Presentar una política de Estado como gran solución y a los pocos días derogarla o modificarla, no es flexibilidad. Es improvisación. Es gobernar sin guion, sin ensayo y sin preparación previa. Es legislar para dar gusto a quienes intencional e irreverentemente se oponen a cualquier gestión.
Una acción sin rumbo claro destruye lo único que le queda a la ciudadanía: la esperanza y la expectativa en quien conduce el Estado.
La ciudadanía no pide milagros. Pide lectura y comprensión del momento. Acepta estoicamente mejor una certeza dolorosa presentada con claridad y honestidad, que lo que se dice demagógicamente con otras intenciones.
Los bolivianos estamos acostumbrados a estas circunstancias. El país las ha vivido desde su creación. Y eso no es debilidad, es la forma inteligente de acomodarse, sortear situaciones críticas y vivir con sus consecuencias.
Pero al final, en las elecciones, la gente busca seguridad y mejores días. Vota por el que le transmite ausencia de peligro, de daño o de riesgo, aunque sea aparente. Porque en política, lo que se ve con cierta claridad influye más que el buen juicio, y las ofertas que parecen reales convencen más que la prudencia.
Y ahí está el peligro real.
Hoy no contamos con líderes a la altura de la conducción del Estado. Si la crisis económica y social llegara a forzar un adelanto de elecciones, podríamos terminar eligiendo, otra vez, lo peor de lo peor.
Se cierne en el ambiente una tormenta política. Ya lo vivimos: cuando las encuestas muestran resultados propicios, los asesores aconsejan aprovechar el momento y adelantar. Y terminamos atrapados decidiendo entre dos ciudadanos ya probados y conocidos, propensos a manejar el poder como botín.
Nos vendieron país tranca y nos encontramos en un país a la deriva.