Nunca fui trotskista, ms bien todo lo contrario pues abrev en la ortodoxia marxista-leninista y su deriva no menos autoritaria, la lucha armada, mezcla de romanticismo idealista que hizo de la muerte un culto. Cunta muertes ya olvidadas aqu y en toda Amrica Latina! Mucha gente conocida y desconocida, a las que el deber de la memoria debiera guardarles resquicios de amor: fueron nuestras y nuestros compaeros, equivocados o no, pensamos hoy, que pagaron con su vida esa equivocacin. Quienes seguimos en este mundo, comprobamos que sigue siendo casi el mismo de entonces: desigual, muchas veces perverso y con no pocas dictaduras, algunas revestidas de democracias con autcratas, que no es lo mismo, pero es igual, muy parecidos a los dictadores de antao.
En aquel mundo de ortodoxos y sectarios intelectuales, tira-tiros y muchos ingenuos, el nacido Liev Davidovich Bronstein, convertido luego en el revolucionario Len Trotski era un anatema. Estaba en la otra esquina, o mucho ms lejos: era un innombrable, nada ms que por la disputa a sangre y muerte que Joseph Stalin instaur en su contra. Esa feroz disputa, que lo sigui allende los mares, concluy con su muerte en su casita de Coyoacn, en el DF, Mxico, con la connivencia de los partidos comunistas de ambas orillas. Hasta all llegaron los tentculos del estalinismo, a ttulo de defender la gloriosa revolucin de octubre, que fue gloriosa y Stalin la malogr, habindose convertido en el sepulturero de la revolucin, como pronostic Trotsky aos antes.
Hoy lo miro con otros ojos despus de la lectura de un libro revelador: El hombre que amaba a los perros, del cubano Leonardo Padura. Qu novela! O historia novelada, donde tambin se pinta de cuerpo entero a Ramn Mercader, el asesino. Me la regal un entraable amigo y compinche de toda poca, cuando cumpl 70 aos.
Ese regalo vino a cerrar con broche en clave narrativa, tiempos de una larga etapa de deconstruccin personal y terica -no con la intencin de borrar el pasado, sino para entenderlo mejor y detectar sus errores- sobre toda la ortodoxia acrtica y quedarme con el Carlos Marx, el del espritu de un mundo, como lo nombra uno de sus bigrafos. Eso me ha permitido, por fin, mirar a Trotsky ya no en la otra esquina, ni como un anatema, ni un innombrable, sino como un hombre atenazado por las circunstancias y su obstinada lucha por la revolucin permanente. Qu alivio sent como librepensadora que ya no soporta ni mordazas ni lobotoma a la conciencia crtica!
No me adhiero al corpus terico del pensamiento trotskista, que no es mejor ni peor que otros, en todo caso autoritario como todos. Lo recuerdo ahora para rescatar su idea de la revolucin permanente como un proceso en evolucin constante, un camino al que no se llega nunca, pero hacia el que hay que ir avanzando siempre.
En El Hombre que amaba los perros, Trotsky que va de exilio en exilio, piensa reiteradas veces que Si la Revolucin por la que haba combatido se prostitua en la dictadura de un zar vestido de bolchevique, entonces habra que arrancarla de raz y sembrarla de nuevo, porque el mundo necesita revoluciones verdaderas. Zares revestidos de bolcheviques, dictadores revestidos de demcratas, hoy! Frente a unos y otros, lo que necesitamos ahora son democracias verdaderas y permanentes.
De ah que afirmo, sin duda alguna, que la democracia debiera ser ese proceso permanente en evolucin constante, un camino al que no se llega nunca, pero hacia el que hay que ir avanzando siempre, proceso siempre perfectible y en construccin. Es decir, trabajando conscientemente en mejorar la institucionalidad democrtica, valorar el voto de los ciudadanos libres, fortalecer la sociedad civil, enriquecer el debate poltico, defender el espacio de lo pblico frente a las veleidades autoritarias del poder poltico -actual, como lo fueron muchos antes- exigir inclusin tnica y de gnero, respetar a los otros diferentes de cualquier ndole, velar porque la calidad democrtica y una mejor calidad de vida para que sean palpables en todos los rincones del pas y para todos .
Creo que la nica revolucin democrtica deseable y posible es la democracia permanente, frente a la realidad del pas que se consume se consumi- una vez ms, en una atmsfera cargada de conflictos sociales, de protestas irreflexivas, actitudes negativas, demandas radicales de toda ndole y color, sordera al dilogo por el bien comn de demandantes y del gobierno, miedos, desconfianzas, temores y rumores. Marchar, bloquear calles, carreteras, agredir, paralizar al pas hasta las ltimas consecuencias, a despecho de la economa, fue la consigna tanto contra del gobierno como a favor de l y sus movimientos sociales, al peor estilo de la antipoltica.
La posicin del gobierno fue no ceder y no cedi porque desprecia los espacios de la poltica que son el dialogo y respeto a los disensos. De ah que una mayora que suprime la opinin de la minora no es signo de que la democracia crece, sino de que est perdiendo sus cimientos centrales como apunta el chileno Jorge Gmez Arismendi. En ese sentido, aade: Ese es el inicio de los procesos de polarizacin, mediante la irresponsable retrica de los lderes, con la consigna fcil y la descalificacin al voleo, que van paulatinamente suprimiendo los espacios de dilogo entre los diversos actores, ahogando el espacio pblico en sentido general.
Ayer, los dictadores a secas eran horribles pero no se revestan de demcratas, que tampoco lo eran y no les produca perturbacin alguna ser dictadores. En cambio, hay hombres cuyo ser social es vertical y autoritario pues provienen de un sindicalismo siempre enfrentado a las fuerzas del orden que erradican la coca excedentaria. Es el caso del cocalero devenido presidente de la Repblica de Bolivia, a la que le cambi el nombre y le quiere cambiar su historia. Es nada menos que S.E. Evo Morales, que lleva a la prctica poltica su ser social sindical, poco y nada afn al sindicalismo proletario y tampoco con la democracia, aunque s se puede afirmar que es cultor de una democracia electorera o electoralista, para satisfacer sus horizontes autocrticos a largo plazo.
Sin embargo, Morales se considera demcrata, de ah que contradijo con nfasis al periodista de CNN en espaol, la semana pasada, cuando ste le pregunt por los 40 das que l bloqueo al pas -haca alusin a los rudos conflictos cocaleros de entonces- y le pregunt si era autoritario. Todo lo contrario le respondi muy contrariado: Fueron 30 das... yo bloqueaba por soberana y soy demcrata sentenci para asombro de la mayora. Fueron 10 das menos, cierto, pero parecieron miles por la devastadora consecuencia de esa accin, con un detalle alarmante: el presidente considera soberana los enfrentamientos de cocaleros contra la fuerza de los Estados Unidos de Norteamrica en tareas de erradicacin de cocales excedentarios, en colaboracin y coordinacin con las fuerzas bolivianas para tal fin. Esa es la soberana que van a defender en La Haya, frente a Chile, para recuperar el mar? Si es as, puede irnos muy mal.
Y porque no quiero esperar el error-horror de un porvenir no democrtico sin hacer nada, aqu protesto pacficamente, desde las letras, e interpelo a los profetas de la derrota de la democracia permanente. A quienes gobiernan y desgobiernan, a dirigentes, lderes, intelectuales, instigadores y operadores, visibles e invisibles, responsables de la convulsin social que sacudi Bolivia durante dos semanas, y que hoy cantan victoria a costa de los trabajadores. Encontrar soluciones parche como a las que han llegado ahora, es esperar a que de aqu a 30 das las convulsiones vuelvan a sacudir al pas. As cada vez queda ms lejos la tarea colectiva de ir construyendo la democracia permanente.