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Entre los misterios ms inescrutables de nuestra existencia, estn indiscutiblemente el nacer y el morir. El primero, por desconocer de dnde venimos y el otro, por ignorar hacia dnde vamos. Es decir: un pasado y un futuro eternos que enmarcan la vida, como un presente intangible, precioso, pero relativamente fugaz.
De ah que en nuestro circunstancial paso por la vida, todos aquellos complementos generadores de ella, como las relaciones de amor a nuestros padres o progenitores, sean sinnimo de gratitud y veneracin (salvo deshonrosas excepciones), afecto que se hace extensivo al prjimo y a la naturaleza. Por el contrario, todo aquello que tenga que ver con la muerte, despierta en nosotros sentimientos de temor, aversin y pesadumbre.
Este prembulo se sustenta en los recientes hechos acaecidos en Pakistn, donde comandos de la marina estadounidense abatieron a Osama Bin Laden, uno de los asesinos en serie ms crueles y demoniacos que ha existido en la historia de la humanidad. En su relativamente corta carrera criminal, ms de 4000 personas inocentes murieron en atentados perpetrados por l, junto a las imgenes de terror y sangre que conmovieron al mundo y permanecen latentes en nuestra memoria, como los atentados en Nigeria, Tanzania, Yemen y las torres gemelas de Nueva York.
Mentes morbosas han querido que el presidente de los EEUU muestre el cadver de este bribn, al igual que lo hicieron con el del Che Guevara en Bolivia, otro asesino que se haba henchido de fusilar cubanos en la crcel de La Cabaa, lo cual le mereci el apodo de El carnicero de la Cabaa, para luego ir a asesinar en Angola y rematar en Bolivia, donde ms de 70 soldados fueron framente ejecutados por l, bajo su siniestra teora de que: Un pueblo sin odio no puede triunfar. El odio como factor de lucha; intransigente al enemigo, que impulsa ms all de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fra mquina de matar....
Lo curioso del caso es que la imagen de esta suerte de anticristos, que se ceban con la sangre de sus vctimas indefensas, est dotada de un carisma y un semblante de inocencia, casi similar al que la iconografa religiosa utiliza para caracterizar a Cristo. An siendo estos bellacos: ateos, comunistas o fundamentalistas islmicos, se regodean al afirmar que Cristo era socialista y jams convienen en que quizs el judo Marx deseaba ser cristiano.
Existe un comn denominador entre estos criminales que raya con la tpica cobarda del matn, matan y mandan a matar sin miramiento alguno, sin embargo, a tiempo de caer en manos de sus enemigos, siempre manifiestan que valen ms vivos que muertos, frmula que jams aplicaron a sus vctimas cautivas. De ah que querer reivindicar la muerte o la existencia de cualquiera de ellos es simplemente caer en una apologa de los asesinos en serie.