Sábado 04 de julio 2026

El cambio del proceso



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El presidente Evo Morales en Pars pidiendo inversiones y rogando porque Francia sea la nueva cabecera de playa para las relaciones de Bolivia con Europa, en vista de que Espaa ya no podra hacerlo por los golpes que ha recibido.

El ministro de Economa preparando una Ley de Bancos que equivale a una estatizacin de todos ellos mientras el vicepresidente ofrece una especie de catequesis a nuevos cuadros para la revolucin masista que, entre bostezos, escuchaban el relato de sus valientes ataques contra indefensas torres elctricas en el altiplano.

Y en el parlamento, el senador Eugenio Rojas, con vocacin de empleado de una perrera, deca que la pena de ocho aos de crcel para los avasalladores de minas no ha sido pensada slo para ellos, sino tambin para todos los avasalladores de la propiedad privada en general.

Para entender el sentido de estos contradictorios mensajes hay que ser adivino. O encontrar indicios.

Las angustias del presidente por atraer inversiones se deben a que su gobierno ha elevado tanto el gasto pblico que necesita ingresos muy altos. Se ha acostumbrado a ser un derrochn y ahora algo le dice que los ingresos estn cayendo. Y sabe que su poltica econmica ha deprimido las inversiones.

El vicepresidente, que no ha dejado de soar con un clima de insurreccin popular desde sus tiempos de aprendiz de terrorista, cree que una eventual quiebra de las finanzas pblicas le dara ocasin a sus utopas.

Y el ministro de Economa, prisionero y vctima de su propia propaganda, segn la cual l es el autor de la actual bonanza, cree que puede acaparar los flujos financieros de ese milagro.

Cada uno con su sueo y con su obsesin. El presidente que quiere seguir siendo derrochn, el vice que quiere cosechar en el desastre y el ministro que quisiera recoger los frutos de su siembra.

Endiosado, el presidente no quiere ceder ni siquiera ante su capricho de que el aeropuerto de Oruro lleve su nombre, el vicepresidente quisiera que este gobierno le d las condiciones para realizar su sueo de conductor de una gran insurreccin, y el ministro acomplejado que quisiera que se le reconozca los mritos de algo que no hizo.

No hay que extraarse. Todas las grandes y pequeas revoluciones terminan convertidas en tristes melodramas urdidos por tristes personajes. Es cierto: algunas demoran ms tiempo en llegar a ese estado de crisis.
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