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En los largos 67 aos de historia econmica, tomando como ao base 1952, el Estado de la revolucin nacional se concibi como un Estado interventor y empresario. Desde entonces esa caracterstica no ha podido ser modificada, contando con los esfuerzos que se hicieron el ao 1985 con la Nueva Poltica Econmica (D.S. 21060) y posteriormente en 1993 con el proceso de capitalizacin de las empresas pblicas.
Ambos perodos marcaron hitos de diferenciacin en la visin del Estado, que al final demostraron que la ideologa nacionalista del Estado interventor y contralor persiste en la creencia social-popular como algo que est fuera de discusin y que cae casi en lo sagrado, calificando de antinacional todo aquello que se oponga a esa manera de concebirlo.
Y esta discusin no ha concluido ni mucho menos. Cuando el candidato de C.C. habla de tener un Estado regulador, el seor Morales piensa que eso es muy grave. Y nuevamente volvemos a la vieja discusin irresuelta. Parece que 67 aos de capitalismo de estado no han sido suficientes para que los bolivianos tomemos conciencia de que gracias a esa manera de concebir el Estado, no hemos podido ser otra cosa que productores de materias primas, que hemos convertido al Estado en agencia de empleos burocrticos y que la iniciativa empresarial se ha convertido en variable dependiente del Estado sujeta a reglas impositivas perversas y decisiones caprichosas tomadas por funcionarios sin ninguna responsabilidad.
Resulta por dems demostrativo el fracaso del Estado nacional popular, que en estos aos de una enorme bonanza de precios para nuestras materias primas, no ha podido modificar su condicin de mono productorextractivista y dependiente del ahorro externo, para sobrevivir.
Si no cambiamos nuestra mentalidad estatalista, que convierte al Presidente en el padre de todos, que sostiene al Estado empresario, donde lo que es de todos, no es de nadie y donde poco importan los resultados, sino la empleomana que se pueda lograr con esas empresas y el gobierno decida, el cmo, el cuando y el para quin se usaran los recursos del Estado, ahogando la iniciativa privada, atacando a los empresarios como enemigos del pueblo y calificando a los inversores externos de explotadores, sino cambiamos esta manera de pensar estamos condenados a repetir otros 67 aos de frustraciones y promesas de cambiar lo que nunca cambiar.