Como a mí no me gusta que se piense que mis equivocaciones son a propósito, evito también juzgar lo que alguien hace o quiere hacer, especialmente si el resultado podría perjudicar a la gente, como a sí mismo.
Esto me ha llevado a que se me diga que soy inocente en la política y prefiero que así sea, a tener que pensar mal; después de todo, al buen árbol se lo conoce por sus frutos.
Inicio con esta reflexión debido a los comentarios que desató mi última columna -¿La Banca en la mira del gobierno?- al extremo que un amigo que hoy milita en filas plurinacionales me sugirió que debí haber rematado el artículo diciendo que “la banca en Bolivia está como una vaquita gorda que da mucha leche, pero ni piensen en carnearla y sacar cuero de ella porque se nos muere y no habrá reemplazo". Por eso me nace creer que los administradores del Estado no quieren hacer daño adrede y -peor- a sí mismo y a sus familiares.
Siendo que en el artículo mencioné el ranking latinoamericano de Ministros de Finanzas -donde el nuestro ocupa el octavo lugar- investigué más y me topé con la grata sorpresa que los mejor catalogados de la región son los Ministros de Perú, Chile, Colombia y México, países que tienen Tratados de Libre Comercio con la Unión Europea y EEUU. El Ministro peruano salió campeón por segundo año, siendo que su país por su solidez económico-financiera crece más que el resto.
No es ocioso señalar que estas naciones tienen como características comunes: Políticas de Estado de largo plazo; dejar que el mercado funcione; integrarse al mundo y apostar fuerte por la exportación. Tampoco está demás preguntarse si los Ministros de Nicaragua, en el puesto 12; del Ecuador, en el 14; de Venezuela, en el 17; y de Argentina, ¡en el último lugar! por su inclinación intervencionista, estatista y recelosa de la empresa privada, hacen que sus países crezcan menos.
Con tantos ejemplos alrededor, solo es cosa de imitar lo bueno y ni intentar lo malo, para destacar. Por eso me resisto a creer que alguien -por un idealismo impracticable que colisiona con la realidad- quiera dañarse a sí mismo.
Un catedrático me tildó una vez de ser un socialista utópico (casi me ofendo) y otro, un pequeño burgués (eso sí me dolió), pero luego de ver tanto revolucionario decepcionado entendí que lo que vale, es el pragmatismo.
Trabajar dignamente, educar a sus hijos, prosperar sin depender del Estado y vivir en paz, es lo que quiere la gente. Para evitar sobresaltos, bueno sería no tocar el sistema financiero…
Santa Cruz, 27 de marzo de 2013
* Economista, Magíster en Comercio Internacional