Muchas veces escribí sobre la muerte llamando la atención sobre lo inevitable que resulta para todo ser humano, pero nunca con el sentimiento que me embarga hoy. Las dos últimas semanas resultaron muy duras para mí y no exagero cuando digo que muchas prioridades han cambiado en mi vida por ello.
Recuerdo que únicamente cuando mi esposa Jannet padeció una pancreatitis aguda hace once años -de la cual solo la misericordia de Dios pudo salvarla- sufrí igual. Enfrentado entonces a la posibilidad de perderla, clamé al Señor para que la sanara, prometiéndole amarla más -un poquito más cada día por el resto de mi vida-y el Creador me concedió mi deseo. Pero, esta vez el desenlace con otra persona muy querida para mí -la Sra. Roxana Medina Méndez- no fue así: partió de este mundo luego de sobrellevar serenamente por 19 años una dolencia hepática, fortalecida solo por la gracia de Dios y la buena voluntad de un médico amigo.
La conocí hace casi 30 años y de ella puedo narrar muchas cosas buenas, principalmente que era optimista y que fácilmente se ganaba el cariño de todos. No fue una estrella rutilante del espectáculo, tampoco una figura política o una persona pública que destacara por algo extraordinario. Su gran mérito -como el de muchas bolivianas- fue el ser una anónima y abnegada madre -testigo fui de su sacrificio- y una esposa ejemplar que dio todo de sí por sus hijos y su prójimo.
Más allá del dolor de su partida, quedan las satisfacciones y los buenos recuerdos de los casi 73 años que debía cumplir en agosto pero principalmente el consuelo de saber que habiendo rendido su vida a Jesús, vive hoy con Dios.
Es cierto que en los últimos días de mi madre política -mi “suegris querida”, como le solía llamar- la familia peleó una durísima batalla por su vida, y solo se resignó a dejarla partir cuando dijera: “Dios me está llamado…voy a descansar”. Ella sabía que iba a un mejor lugar,donde hay luz, donde hay paz, donde no hay lugar para el llanto, la enfermedad y la muerte. Sabía que iba a ir a la morada eterna de Dios.
El sabio Salomón dijo que mejor era el día del luto que el día del festejo, y es así. Las prédicas durante el velorio sirvieron para revalorizar la vida, la familia, los amigos y la fe. Muchos la lloramos, querida suegris, pero su partida no fue en vano ¡ni lo será! “Cuando viniste al mundo llegaste llorando y la gente a tu alrededor sonreía; vive tu vida de tal forma que cuando partas lo hagas sonriendo y la gente a tu alrededor quede llorando”.
(*) Economista, Magíster en Comercio Internacional
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Santa Cruz, 26 de junio de 2013